“Rafael Herrero Mingorance”, por Isidoro Rábanos

RAFAEL HERRERO MINGORANCE.

Me duele reconocer que llegué tarde al mágico mundo de los toros. Siempre fui bastante escéptico sobre la posibilidad de que en ese espectáculo se encerrasen la magia, el embrujo, la cultura y el arte que para tres personas muy cercanas a mí, el toreo representaba; yo les veía respirar pasión, sentir adoración y siempre estar dispuestos a disfrutar una tarde venteña. La verdad es que sentía y les notaba su afición, pero les ignoraba; no entendía esa pasión que la fiesta les despertaba.

Con el paso del tiempo esas tres personas hicieron nacer en mi una afición, hoy tal vez desmedida, pero en cualquier caso adorada, es y fueron, como me duele el tiempo pasado, mi mujer Rosa Elena, como la quiero, mi padre, como le echo de menos y Rafael Herrero Mingorance, que me introdujo en el toreo de los sueños, de la magia, del espíritu, la cultura, etc. por lo que le admiraré eternamente.

Poeta, escritor, periodista, maestro radiofónico, ahí están sus alumnos, Molés, Moncholi, etc, pero, sobre todo, aunque nunca vistió de luces, su sueño eterno, ser torero. Torero en la vida, en la amistad, en la enseñanza, torero andando de bar en bar desde Manuel Becerra a Ventas, desde El Rincón de Jerez, El Gonal, El Vizcaya, La Retama, hasta acabar en Los Nogales en el portal en su casa en Sancho Dávila, exprimiendo su vida en cada copa de anís o de cazalla, pero sembrándonos a sus admiradores de ese punto canalla, gamberro, sabio, alegre e incluso infantil que tenía para enfrentase a la vida, pero siempre toreando los sueños eternos.

Fue redactor jefe de numerosas revistas taurinas, estudio Psicología, y recibió numerosos premios a su labor literaria y poética, como el Ciudad de Córdoba de Teatro, la Ciudad del Guadalquivir de Biografía, el Tarrasa de Novela y es el único escritor español que ha conseguido el Premio Mundial de Teatro de Avignon, entre otros.

Nunca quiso ser catedrático de nada, se enfrentó a la vida cara a cara, como el caballero cervantino; ambos altos, enjutos, soñadores quiméricos con el único objetivo de ser pueblo con el pueblo, gente con la gente; solo pretendía llegarte al corazón y Dios sabe que lo conseguía.

Su torero ante todos Rafael Ortega, después Manolete, Ordóñez, Camino, Paula,…. En fin, cualquier torero que abriese su capote como una mariposa, dibujase sombras en el albero, trazase curvas en el corazón, respirase aromas eternos; aquel que con su muleta parase el tiempo y matara el aire; acelerase el corazón, y dirigiese la sangre a borbotones a un cerebro incapaz de captar esos segundos eternos de torería.

Mi maestro Rafael, fue ante todo torerista, para él, el torero era el eje de la fiesta, era lo primero, el alfa, después el toro; amó tanto a los toreros, sintió tanta admiración y respeto por ellos que les creó, les escribió el Padre Nuestro de los Toreros,

Padre Nuestro que estás en los ruedos,
Bien rezado sea Tú nombre;
Venga a nosotros Tu quite….
Hágase mi voluntad, no la del toro,
Así en el triunfo como en el miedo.
La suerte nuestra de cada día, dánosla hoy.
No nos dejes caer en las malas tardes
Y líbranos de daño. Amén.

Descansa en Paz y seguro que está haciendo aficionados a todos los ángeles del cielo; ojalá que todas las tardes de domingo, primaverales y veraniegas, vaya caminando junto a mi padre hacia el ruedo celeste a contemplar a Joselito, a Belmonte, Rafael El Gallo, Rafael Ortega, Manolete, etc, a todos los que transformaron un oficio en un arte.

Llegué tarde es verdad, pero gracias a ellos, a los tres, aun he llegado a tiempo de disfrutar del capotillo sevillano de Curro Romero, barriendo desmayado el abril de azahar, del poético y acompasado capote de Paula dibujando verónicas gitanas y del mágico, profundo, rítmico y eterno natural de D. José María Manzanares; ese es el torero que ellos me enseñaron y ese es el toreo que amo. Gracias a los tres, os querré siempre.

Isidoro Rábanos